La vida se le iba en conseguir el alimento para sus cuatro hijos y los 15 nietos que los años fueron llevando a la familia. Pero su historia cambió. Abrió sus ojos al arte y desde entonces su reloj vital marcha hacia atrás, como Benjamin Button, el personaje creado por el novelista estadounidense Francis Scott Fitzgerald.

Hoy tiene 64 años, pero dice estar llena de juventud.

Rosa vive en La Boquilla, un corregimiento en el que abunda la pobreza y afloran oportunidades que pocos perciben. Sus ojos denotan el peso de la experiencia y su voz un carácter renacido por sus sueños de empresaria y artesana.

Su antiguo trabajo en una casa de familia la llevó a lo que es. Cuenta que fue su patrón quien, tras irse a Bogotá, le recomendó que estudiara y le redujo las horas laborales para que pudiera hacerlo.

Se acercó a la Fundación Proboquilla, una entidad sin ánimo de lucro creada en 1995 para ofrecer programas a familias en condición de vulnerabilidad en La Boquilla y sus veredas, y allí midió sus posibilidades de educación.

Aprendió a anudar y poco a poco se adentró en las técnicas de artesanía y diseño.

Lo que aprendió le sirvió para descubrir que las artesanías son su pasión. Entonces, decidió que no quería seguir barriendo, lavando ni con esos oficios que hizo durante tantos años.

Ahora, se dijo, viviría de lo que aprendió. Se dedicó al reciclaje para obtener materiales que podría reutilizar y convertir en aretes, collares, bolsos, vestidos y cualquier objeto que se le ocurriera.

Hizo su primer bolso y empezaron a llegar pedidos. Mostró un talento que gustó a turistas y a empresarios y consiguió sus primeros ingresos.

Tras aprender todo lo que ha podido en la Fundación, pasó a enseñar. Primero compartió sus conocimientos con sus nietas, que hoy la ayudan en lo que es ahora un negocio de familia. Luego, se convirtió en profesora de vecinos y padres de familia que buscan las mismas oportunidades que ella encontró.

Se define como una artista que transforma desechos, que antes afectaban a la comunidad, en artesanías.

“El arte es el oficio de embellecer lo que tienes. De retomar aquello que le quitas a la naturaleza, y que le está haciendo mal, para reutilizarlo y embellecer el entorno”, dice.

Uno de los alumnos de Rosa es su vecino Edilberto Oñate, un padre de familia cuya resiliencia le ha alcanzado para superarse.

Edilberto se pasó 24 años preso en el mundo de la drogadicción. Llegó a considerarse perdido y desechable hasta que decidió cambiar. Ya se había recuperado de la adicción cuando, como Rosa, entró a estudiar y ahora se considera una de las personas que más ha aprovechado los cursos que les ofrecen en la Fundación.

Con Rosa aprendió de artesanías, pero también hizo cursos de cocina básica, panadería, repostería, entre otros.